Avispados

Hace dos años Claudia y sus dos hijos de 13 y 15 años llegaron del Cañon del Combeima en Ibagué, al barrio Cundinamarca, frente al centro Calima en Bogotá. Ellos cambiaron los amaneceres en su finca amenizados por el canto de los frailejones, los olores a café de la mañana, los sabores de la mora y del lulo, por una ciudad de asfalto y bloques grises desconocida para todos. 

Claudia al igual que 450 familias llegaron desplazados por el conflicto a La Plaza de La Hoja, un complejo de vivienda pensado como forma de reparación a las víctimas. Lo que ni Claudia ni las demás familias sabían al llegar, es que a este proyecto el distrito le quedó mal, y que la letra chiquita les obliga a vivir por 10 años con desperfectos causados por a mala planeación.

Con lo poco con lo que llegaron, María de Lina, Caludia, Darllery, Leonila, Airada, y 10 mujeres más, madres cabeza de familia, decidieron que de ellas mismas depende su futuro y el de sus hijos. De ahí nacieron Las Huertas de La Hoja, un proyecto de agricultura urbana que apunta a la producción de pesto violeta de forma artesanal para la sostenibilidad económica de sus familias.

"Yo no creo en que nos den el pescado, creo en aprender a pescar y enseñarles a otras mujeres para que tomen su futuro en sus manos" - Caludia.

 

 

Este proyecto cuenta con el apoyo de Fundación Entre Pazos, Paqua, Fundación Más Convivencia y El Avispero

La protagonista de nuestra historia es Osiris Matute, una mujer emprendedora y educadora por vocación. Una mujer que, con trabajo e imaginación, ha transformado la historia de varias generaciones en el barrio San Francisco de Cartagena.

‘La seño’ Osiris, como la llaman en el vecindario, emprendió hace 30 años la labor de educar a los niños: enseñarles a leer, escribir, darles matemáticas básicas y, sobre todo, darles el plus del respeto, los valores y el amor por los demás.

“Es un modelo educativo que se ha perdido mucho, porque en la modernidad más valen las buenas calificaciones, hablar más de dos idiomas y saber de matemáticas para “ser alguien en la vida“”, dice Osiris. .

Esta ‘avispada’ trabaja con más de 50 niños de 5 a 14 años que, en un futuro, serán capaces de liderar procesos sociales y que hoy tienen sueños tan diversos como salir adelante como futbolistas o estudiar Medicina.

 

 

El desarrollo de su proyecto no ha sido fácil. Sin embargo, la persistencia de ‘La seño’ tocando puertas y dando a conocer su ‘modelo’ educativo, les ha permitido a niños  marginados de Cartagena ver una realidad donde los sueños se pueden hacer realidad.

“A mis niños les digo que no se queden en primaria, que quiero verlos triunfantes, que progresen, porque todos son bendecidos y tienen capacidades para salir adelante”, sentencia Osiris.  

En San Francisco, entre calles destapadas y casas en obra gris, la comunidad está entendiendo que la forma de romper con la segregación es apostarle a la educación de los más jóvenes. Una lección que Osiris les da todos los días.

Juan David Martínez, amante de la lectura e independiente desde muy corta edad, hizo su sueño realidad a partir de la necesidad que vivió junto a su madre.

Con el deseo de superarse, brindarle un futuro próspero a su única familia, tal y como él lo menciona “su madre”, llego a Cartagena con muchos sueños y poco dinero en el bolsillo.

Fueron tiempos difíciles, pues encontrar una oportunidad siendo tan joven, viniendo de estudiar del sur de Bolívar, y llegar a una ciudad tan costosa, no fue sencillo; pero esto no lo imposibilito para seguir adelante con sus sueños.

Del caos nacen las estrellas dicen por ahí, y fue en este momento donde Juan David recibió ayuda para ingresar a la universidad, sacar sus estudios adelante y rebuscársela como fuera.

Mientras Juan estudiaba, dictaba clases de comprensión lectora a los jóvenes que tenían posibilidades económicas en la ciudad, la mitad de los ingresos era para los gastos de su casa y la otra mitad era para hacer sueños realidad.

Así nació la organización Adomi, el proyecto de preuniversitario gratuito para todos aquellos jóvenes que como el, tenían el gran sueño de entrar a la universidad, lograr una beca o un respaldo de apadrinamiento.

Fueron muchas las discusiones con su madre, la principal por gastarse el dinero del arriendo en el pago del logotipo, como su madre lo llamaría “un dibujo”, donar una beca de maestría que ganó para beneficiar a tres jóvenes con estudios de pregrado y como bien le repiten, pensar en otros antes que en él.

Pero es precisamente el propósito que tiene Juan David, un joven que emprendió a los 21 años y que como él dice no tiene el botón de rendirse, es por eso que día a día sigue adelante, trabajando por brindar oportunidades y dejando excelentes mensajes a quienes compartimos con él: “son riesgos que debí tomar cuando estaba empezando y cuando es un proyecto serio, dije, no puedo ser el empresario en la calle y preguntarle a mi mamá cuál es la cena”.

Desde que era una niña y mientras jugaba en la sala de la casa, en Bogotá, Myriam Velásquez soñaba con tener muchos libros y conocer a todos los niños de la ciudad, para compartir días de lectura y juegos extraordinarios que llevaran su imaginación a volar en lugares inolvidables.

De esa gran ilusión nació Rogelio, la biblioteca rodante más amada por los niños de los barrios de Bogotá, que según lo expresa jocosamente con su gran sonrisa tienen desde cero hasta cien años.

“Lamentablemente las obligaciones y el agite del día a día, han remplazado el amor con un celular, y muchas veces olvidamos que lo más importante es la familia y los momentos que compartimos y que nos conectan” - Myriam

La pequeña que soñaba con libros creció e impregnó con sus ilusiones a Franklyn, un hombre alegre, creativo e inteligente que termino siendo su compañero de aventura y su cómplice.

Todas las puertas tocadas en los barrios de Bogotá, dando a conocer a Rogelio fueron la excusa perfecta para unir a las personas, sacarlas de su rutina, y devolverles las ganas de soñar y de ser niños nuevamente. “Nunca hay que dejar de soñar, nunca hay que dejar de ser niños, porque cuando paramos de hacerlo, perdemos el sentido de vivir.”

Solo basta con conocer a Myriam y Franklyn, para darse cuenta del hogar que conformaron hace más de 15 años y que se mantiene vivo gracias a un caracol ambulante, que recorre las calles de los barrios de Bogotá, sacando sonrisas y uniendo a todos los niños de cero a cien años.

Esta es la historia detrás de la historia de un caracol, donde una familia de esas que poco quedan, de las que prefieren caminar juntos y compartir los fines de semana, aportando una semilla significativa en la vida de las personas y queriendo replicar algo más que libros, es el sentido de la familia y la importancia de compartir en comunidad.

Entre los rollos de material y el olor del primer café de la tarde, se escuchan las risas de Doris, Pilar, Patricia, Estela, Sonia y demás mujeres que desde hace algunos años se reúnen en la Casa de la Igualdad de Tunjuelito para generar comunidad a punta de tejidos innovadores, superando entre otras tantas cosas, la violencia económica.

Todos los martes salen de sus casas camino a su segundo hogar para recargarse de energía, compañerismo y aprendizajes construidos con paciencia y cuidado en cada tejido; cada una es experta en un arte, y un pedacito de su corazón y de sus vidas llega a todos con cada producto. El liderazgo es de todas y de ninguna, son una amalgama de amistad, esfuerzo y trabajo duro que logra cautivar miradas y corazones.

“Acá en la casa hay algo muy importante que nos están enseñando, los derechos de la mujer, las clases de violencia contra la mujer y todos los derechos que nos vulneran. A partir de ahí empecé a luchar por mis derechos porque supe que había sido violentada, porque hay miles de mujeres violentadas en sus casas y en la calle” - Estela

Entre puntadas y sonrisas sinceras demuestran cuánto corazón hay en este pequeño garaje que misteriosamente logra contener cantidades incalculables de determinación para seguir transformando sus vidas al defender los derechos de la mujer, afrontando el miedo a la denuncia y luchando contra ese monstruo llamado violencia.

Este es un laboratorio de sueños, cada pieza requiere varios intentos antes de tomar forma y salir adelante gracias a estos productos es resultado del empeño y la pasión; aquí el empoderamiento político y social es palpable pues reciben asesoría para encontrarse a sí mismas y experimentar el cambio en sus vidas. Con postura erguida, mirada segura y frente en alto se declaran participantes y creadoras de política pública en el país, un país que, si bien no evito que fuesen vulneradas, les da las herramientas necesarias para seguir adelante, una puntada a la vez.

Entre el olor a retazos de tela y el ruido incesante de las máquinas de coser que confeccionan prendas que empoderan a las mujeres de Apartadó, Cecilia con su gran sonrisa, sus ojos marcados, y su cálido tono de voz, observa tejer a Leidy, una niña que perdió sus piernas al ser atropellada por un tren y que recupero su confianza creando flores de tela, entre ellas la favorita de Cecilia, y la única que no ha podido aprender a tejer, el jazmín.

“Lo que busco es empoderar a la mujer, darle liderazgo, y descubrir lo que valemos. Si somos fuertes interiormente somos fuerte exteriormente.” Cecilia


A Cecilia no le importa los estereotipos que las personas se forman hacia una mujer negra, y con discapacidad física como ella. Después de salir de la universidad y cansada de enviar hojas de vida, aprendió a fabricar accesorios de moda, y ahí descubrió que la confección de prendas y manualidades era su proyecto de vida. Inició la Fundación Moda y flores, donde enseña manualidades como terapia de reconstrucción del tejido social.  

Todas las tardes en su taller de costura se cuentan historias de mujeres para mujeres que buscan rescatar los valores que son importantes para ellas. Con manojos de hilos de colores, cada puntada les conecta con ellas mismas y con los otros para construir ese tejido que les permite volver a soñar, como a Leidy quien está a punto de terminar su bachillerato, un sueño que antes le parecía imposible, y quien en sus tiempos ratos libres le enseña a Cecilia a tejer la flor de jazmín.

El ritmo de los tambores, el bajo y las palmas de los jóvenes se combinan con el fuerte sonido de los pick ups en los barrios más humildes de Cartagena. Así creció Rafael Escallón, un hombre criado por su tía y alimentado de la escena cultural cartagenera, con música champeta que compraban en bazurto, un mercado popular de la ciudad amurallada.

Este joven se preocupó por los demás desde muy chico y siempre ha luchado por los derechos de aquellos que no son escuchados en el Distrito Turístico.

Pero en esta historia la protagonista es la champeta, que más que ser un género musical, es un estilo de vida, la herramienta de transformación que permite salvar vidas, así lo menciona Ángel, un cantante a quien este ritmo lo salvó de la criminalidad.

 

Han pasado 17 años desde que compraron Rafael compró el primer Cd, y no han parado de defender este patrimonio cultural cartagenero que está cambiando la realidad al ritmo del 'picó'.

“Me duele mucho lo invisibles que quedan los jóvenes de Cartagena, que día a día trabajan y luchan por hacer de sus vidas algo mejor”, comparte Rafael, relatando una analogía donde las murallas de la ciudad son muchas veces sinónimo de la frontera y exclusión que existe frente a la cultura popular de la ciudad.

El pam pam de las manos y las letras de cada canción, expresan el sentimiento y la realidad de la gente, el querer fortalecer la identidad cultural y romper a gritos la estigmatización. Que abran paso con el folclore.

 “¿Qué puedo hacer yo para que la historia de estos niños sea distinta?”. Esa es la pregunta que se hace desde hace muchos años Jennifer Patrón, una mujer cartagenera que se involucró con los problemas de su barrio y entendió que ella podía generar el cambio que le permitiría  contar una historia diferente del lugar donde vive.

Escuchar los gritos de otros niños tras las paredes de su casa (que adecuó como oficina),  y ver a los jóvenes inmersos en la drogadicción y la violencia que se tomó el barrio Los Comuneros, ubicado al Cerro de la Popa, en Cartagena, fue el motor para querer volver a los más jóvenes los protagonistas de su propia historia.

La vida premió a Jennifer con una familia amorosa y solidaria que apoyó sus anhelos de cambio, y que la impulsó a compartir lo que tuvo en su hogar. La receta estaba clara: amor para aquellos pequeños que no corrieron con la misma fortuna que ella, para quienes el maltrato y la violencia fue el pan de cada día.

 

 

En 2013, Jennifer fundó Narrarte, una organización dedicada ayudar a niños, niñas y adolescentes que viven en riesgo social; un emprendimiento al que sumó a sus hermanas, su madre, su hijo y  a su compañero sentimental.

Jennifer confiesa que le duele cualquier escenario de violencia, y más cuando son los niños los afectados. La prevención del riesgo y el autocuidado son las herramientas más poderosas que ha encontrado esta cartagenera para transformar un mundo en el que los niños quieren quitarle el protagonismo a la violencia. 

Getsemaní es el epicentro del desarrollo cultural del pueblo cartagenero, un ejemplo del empoderamiento comunitario. En este barrio conviven el trabajo informal, los olores típicos de la gastronomía costeña, las casas y edificios con colores brillantes y decenas de  habitantes que luchan por traer oportunidades que le son esquivas a los vecindarios populares de Cartagena.

 

Merly Beltrán es una cartagenera que se ha empeñado en mostrar a la ciudad como un modelo turístico sostenible para Colombia. Su proyecto, TuCultura, nació basado en ideas como la construcción histórica del presente, la investigación de la tradición y la cultura de la ciudad amurallada. Y hoy tiene por objetivo que los cartageneros valoren y se apropien de su ciudad, que sean conscientes del paraíso que habitan.

No es fácil sacar adelante el propósito de hacer “turismo sostenible”. Los prejuicios de la comunidad, la competencia, el monopolio turístico, la falta de conciencia, de sentido de pertenencia y, especialmente, la falta de oportunidades, son monstruos con los que Merly pelea todos los días.

 

“Después del primer fracaso, di un paso más. Me di cuenta de que tenía que seguir perseverando por mi sueño y por el ideal que tenía. Del fracaso surge la fortaleza”, dice Merly, quien quiere ser reconocida como una promotora de sueños para su comunidad adelante. Ella sueña con un barrio en el que la unión haga la fuerza para superar decenas de “enfermedades sociales”, como ella se refiere a los problemas que se están convirtiendo en oportunidades.

Carlos Alarcón encontró en la bici un espacio para desconectarse del mundo, que terminó convirtiéndose en una terapia. Y fue precisamente el salir de la rutina, dejar a un lado el día a día y la tristeza que tenía en su corazón, las razones que lo llevaron a salir a rodar por la ciudad.

Para Carlos los paseos por las calles con su acompañante de dos ruedas, le permiten ver un mundo más grande y conocer a personas apasionadas por el tema, que no solo pretendían escapar de sí mismos con cada pedaleo, sino también hacer deporte, compartir con los demás sus aprendizajes y finalmente conectar con todos esos usuarios de la bici, que muchas veces se encuentran en el anonimato en una ciudad de asfalto.

Allí  nació la Biciescuela, un proyecto robusto, organizado por 7 integrantes más, que, como Carlos, se encargan de capacitar, acompañar y hacer disfrutar a personas del uso de la bicicleta, e invitan a descubrir todas las experiencias que se encuentran detrás de esta compañera rodante.

Como dice Carlos “El camino de la vida es largo, pero más vale recorrerlo en un buen vehículo”; la bici solo es una excusa, una herramienta, que las personas pueden usar para salvar vidas, corazones rotos y aportar un granito de arena a la ciudad, especialmente en temas de movilidad.

Un sábado cada 15 días, se reúnen en el costado norte del coliseo El Campín, para asesorar a todos aquellos que quieran emprender recorrido con ellos, pasar una mañana diferente, conocer más sobre la bici y compartir con otros;

Ciudadanos como Carlos, lideran iniciativas que promueven el mejoramiento y las buenas prácticas en la vía, pero como dicen: todo comienza desde adentro o “desde casa”.

 

Para muchos, disfrutar de un paseo por la calle en familia puede resultar el mejor plan, pero quien encuentra refugio en cada pared, dormitorio en el asfalto y resguardo en los callejones, encuentra en la calle un calvario.

Ese no es el caso de Blanca Cano, pero lo fue, y hoy, gracias a las experiencias negativas de su niñez,  emprendió un camino que le ha permitido demostrarle a muchos niños habitantes de calle que en la vida hay una luz al final del túnel.

Blanca llegó a Cartagena hace más de 20 años y, al ver a los niños y niñas en la calle, desaprovechando el tiempo y recorriendo aceras llenas de basura, no pudo evitar un flashback a sus 12 años, cuando, siendo la mayor de sus hermanos, caminaba buscando algo de comida y divirtiéndose como podía.

 

 

Ese fue el motor para decidir transformar vidas, darle valor a las comunidades y enseñar a las nuevas generaciones un proceso de reciclaje y buen uso del tiempo libre.

“Cuando empezamos con el proyecto ambiental en la comunidad, una de las actividades era el reciclaje, pero a pesar de la gestión, me daba cuenta que los tenderos y demás personas rechazaban a mis niños, por su labor en pro del medio ambiente, y no eran conscientes del proyecto. Pero les dije: -por el trato que les dábamos a los chicos es que ellos se vuelven malos-”, cuenta Blanca.

Semillas infantiles lo mejor para el futuro, es una iniciativa que surge con el objetivo de convertir lo inútil en útil y enseñarles a los niños el buen uso y aprovechamiento del tiempo libre.

“El trabajo que tengo con la comunidad absorbe mucho el tiempo, a veces tengo problemas en mi familia, porque abandono mi casa por los demás. Pero vale la pena, ya mis hijos están grandes y yo les digo ya los crié, así que quiero ayudar a otros” – Blanca Cano.